Los pies descalzos andaban torpemente sobre la arena. Intentaban no topar con los montones de piedrecitas que a su paso, parecían obstinadas en quedar atrapadas entre los dedos.
El hombre, apuraba con fiereza un cigarrillo, sus ojos fijos en el suelo, revelaban una total abstracción en tiempo y espacio.
La tarde ya palidecía, daba la sensación de que la luz, víctima de un sueño mortuorio, se desvanecía al igual que lo hacía el humo de un cigarrillo.
El hombre lanzó el suyo ya casi consumido contra la arena. El mar proyectó sus aguas con furia natural, para devorar aquel cuerpo extraño.
El joven detuvo su camino ondulante y se enfrentó a la humedad del mar.
Cara a cara, el joven delgado, y de negros cabellos, frente al prado salado, de crestas frías, y de blancas flores.
Se arrodilló.
Las gaviotas batían sus alas, como danzando, imitando con sus cuerpos, el etéreo vaivén del aire.
Sus cantos agudos, adornaban el declive de la tarde. Eran como sirenas, que con hermosas voces, loaban las excelencias de la naturaleza.
Frente a él, la enorme bola roja pareció parpadear un instante, una eternidad.
El muchacho extrajo un paquete de una bolsa de plástico.
El silencio se hizo aterrador, ni el mar se atrevía a roncar, una vez que las sirenas se habían perdido en el horizonte.
El sol ya estaba muy bajo. El chico recordó las palabras de su padre en un momento parecido.
" Si sabes escuchar, oirás al sol silbar cuando tome su baño."
El sol empezó a tocar el agua.
El hombre cerró los ojos.
Si, podía oírlo, no era un sonido físico, sonaba en su cabeza, retumbaba en su interior, con insistencia, obstinadamente.
No se podía oír nada,solo el grito desgarrado del sol al sumergirse en las aguas.
Empezó, a deshacer el paquete, mientras el sol ya había sumergido su mitad.
Es cruda la soledad, es fría, es absurda y da demasiado miedo como para soportarla.
La esfera ya casi era invisible, tan solo un punto rojo asomaba por el horizonte.
El muchacho extrajo el arma del paquete y apuntó su cabeza.
En el horizonte, una línea rodeada de oscuridad, parecía luchar para no dejar la existencia, un instante, una eternidad.
En el mismo momento en que el sol fue tragado por el mar, la oscuridad cubrió con su manto todo lo perceptible, y una estruendosa detonación sonó en la playa.
La noche había llegado.
El mar se arrastraba hasta los pies inertes del muchacho, mojando sus ropas, y recogiéndose luego, como temeroso de despertarle de su eterno sueño.
Su mano derecha, todavía empuñaba, ya sin fuerza, la pistola.
Un fino hilo escarlata, se confundía con la arena.
Su tez pálida ya nunca se arrugaría para protegerse del viento, o para soportar el paso del tiempo.
El muchacho consiguió pararlo, consiguió detener el paso inmutable de Cronos.
El secreto de la eterna juventud, la muerte.
Todo fue simultáneo, todo fue rápido, o quizás eterno.
Un instante ... , una eternidad.

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Me comerán las hormigas en abril de oro, mas los tonos rosa de ningún insecto, no huelen ni han olido nunca a primavera. Me dolerá, igual que duele el encuentro a las preguntas que moldean el obstáculo, antes de que la luz del sol nos huya dejando al día desnudo.