El Viejo

 


 

 

El hombre se sentó en el sofá como cada viernes.

Carraspeó tres veces mientras notaba un extraño bulto en la nalga izquierda. Era un paquete de tabaco, extrajo un aplastado cilindro blanco y lo encendió.

Al cabo de unos minutos puso los pies sobre la mesilla dando un empujoncito a la botella de whisky, que se estrelló contra el suelo esparciendo el ardiente licor por la habitación.

Notó un insistente picor en la entrepierna, así que se dedicó a rascársela durante un buen rato.

Cuando logró sosegarse empezó a recorrer la estancia con la mirada.

Primero sus propios pies, enfundados en unas zapatillas a cuadros.

La del pie derecho mostraba una rotura bastante considerable, y decorada con una gran cantidad de mugre.

Luego la mesilla en la que apoyaba los pies, que era de aquellas que solía haber en las salas de estar.

El sofá, cubierto de tela roja estaba sucio y lleno de quemaduras de cigarrillo.

El resto de la habitación estaba vacío, ni siquiera las paredes tenían papel, y todo se iluminaba con una triste bombilla de poca potencia, que tenia mermada su utilidad por el polvo depositado en ella.

El hombre fijó la vista en un punto oscuro, de apenas tres centímetros, que correteaba por la pared.

Con un movimiento rápido le lanzó una zapatilla, esta pareció quedar pegada al tabique durante unos instantes. Cuando cayó, rebeló una pequeña mancha amarillenta que contrastaba con el tono verde pálido de la pared, debido probablemente a una antigua pintura que casi había desaparecido.

El hombre estalló en una carcajada histérica que se vio interrumpida por un estruendoso eructo.

El cansancio empezó a invadirle, ya que era un hombre muy anciano, y cualquier esfuerzo le abatía.

Después de casi un cuarto de hora debatiéndose entre, toser, eructar, o reír, se tranquilizó.


La extraña escena del viejo sentado en su rojo y mugriento sofá, en el centro de una habitación vacía, perdiendo estúpidamente las horas como si ya nada le importara, parecía estancada en el tiempo.


Cronos era un maldito gusano que se arrastraba en aquella habitación, como si se comiera su última hoja antes de ser aplastado.

El viejo se levantó mientras sonreía.

En la pared de enfrente, pareció definirse una enorme mancha oscura de contornos cuadrados, era una puerta de doble hoja.

Por sus rendijas apareció una fuerte luz, que claramente indicaba actividad de algún tipo al otro lado.

El viejo sacó de debajo del sofá un gran orinal blanco de porcelana.

Empujó la puerta, y como un pequeño sol, la luz le estalló en la cara, y el viejo se enfrentó a un espectáculo alucinante.


Frente a él, un enorme salón victoriano servia de escenario para un montón de personajes vestidos con trajes de época.

Las personas que allí se encontraban se repartían en diferentes actividades, algunos bailaban en el centro del salón, aunque todos miraron insistentemente, casi con impertinencia, al viejo avanzando con su orinal.


- Que escándalo - comentó un coronel - deberíamos fusilar a esa clase de gente.


Al llegar al centro de la sala, el viejo dejó con parsimonia el orinal en el suelo, y se dispuso a desabrocharse los pantalones.


- Oh!, Señor!, que abominable, ¿que sufrimientos inconfesables han inducido a este pobre pecador, a realizar semejante acto? - Exclamó el párroco iracundo.


- Yo atenderé su alma, pobre viejo.

Sentado en su orinal, el hombre sonrió estúpidamente al intuir el desenlace imparable.

Incluso un médico que estaba sentado manteniendo una conversación con un colega, dejó a un lado su animada charla y se dirigió hacia el viejo en el centro de la sala.

- Pobre diablo, está realmente enfermo, pero no de cuerpo sino de alma, pero yo le llevaré a la consulta de un buen amigo mío, y él sabrá que hacer.

El viejo, que inmerso en un mar de carcajadas, desprendía un hedor bastante desagradable, desencajó la mandíbula en un grito agónico y se retorció por el suelo, esparciendo el contenido del orinal.

El viejo dejó de repente los estertores y pataleó graciosamente tres veces.

El médico negó con la cabeza.


- Maldito hijo de la gran puta!, será cabrón!, ¿ como ha podido hacernos esto?, no tiene nombre ...

- Ni siquiera le he podido dar la absolución, ha muerto en pecado!.

- La ciencia no merece un desprecio semejante, no, no lo merece.


Los tres hombres empezaron a dejar atrás su estado de indignación y alcanzaron una furia rabiosa que les hacia arrojar espuma por la boca, un líquido pastoso y gris.

No paraban de proferir insultos contra el cadáver.

De repente, sonó una trompeta, con una tonada que pretendía ser un pasodoble.


- Olé!, olé!.- Gritaba el público enardecido.

En alguna habitación contigua al salón, un viejo acababa de aplastar un insecto negruzco que correteaba por la pared ...









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